El que tenga más cromosomas gana

Inclínense ante el organismo geneticamente más complejo de la Tierra.

Durante muchos años, en una gran parte del mundo, predominó la idea de que el ser humano era resultado de la creación de Dios; su obra maestra. El hombre había nacido para señorear sobre este mundo y todas las plantas y animales que en el habitan, las cuales a su vez habían surgido para estar al servicio del hombre. Desde la antigua Grecia, cada vez que se intentaba dar un orden al mundo natural, se hacía una clasificación en linea recta: los humanos en la cima, organismos similares por debajo de él, y plantas e invertebrados en el fondo de la escala. Está idea estaban tan arraigada en el conocimiento general de la gente del mundo occidental, que la sola idea de comparar a un hombre (caucásico) con un animal, era de mal gusto. Esta creencia se llevo al extremo de considerar fuera de la clasificación de ‘seres humanos’ a personas de raza negra, asiáticos, aborígenes de América y Oceanía, e incluso a las propias mujeres europeas.

El avance del pensamiento científico y la gran cantidad de descubrimientos hechos desde entonces han echado por tierra esta idea. En la clasificación de los seres vivos que propuso Linnaeus, se incluyó a seres humanos y simios en un mismo grupo: los primates (traducido como ‘primeros’). En este grupo entraron todos los animales con suficientes características antropomórficas (similares a las del ser humano) como para organizarlos en el mismo clado en el que estaba el hombre. Este fue el primer paso hacia la ‘desantropocentralización’ del mundo. Pero aunque ya se consideraba formalmente al hombre dentro del grupo de los animales, seguía estando por encima de todos ellos. Aun era el pináculo de la creación.

El golpe definitivo a esta idea lo dio la teoría de la evolución. El hombre ahora era solo el final de uno de los muchos hilos evolutivos que siguen todos los grupos de seres vivos y que dan como resultado (momentáneo) toda la variedad de organismos que existe hoy en día.

Pero aunque ya no es tan popular ni tan generalmente aceptada como antes, la idea de que el ser humano es el ‘animal supremo’ o la gran obra de la creación, sigue estando bastante difundida por todo el mundo y, tristemente, muchas veces conservando sus tintes racistas primigenios. A pesar de admitir la veracidad de la ciencia como disciplina corroborable y universalmente aceptada, muchas personas siguen creyendo firmemente en la superioridad humana; aunque también se trata a veces de gente que reniega de la labor científica en general y prefiere siempre un curandero antes que un médico. Para los que se encuentran en el primer caso, tenemos un método que podría ayudar a convencerlos. Y tiene que ver con los cromosomas.

Como casi todos sabemos, el ADN es el mapa que contiene las instrucciones para cada ser vivo del planeta. Y en todos los seres vivos (excepto las bacterias), el ADN está agrupado en paquetes de información genética llamados cromosomas. Cada especie tiene un número determinado de cromosomas, y cada individuo tiene los mismos cromosomas equivalentes con la misma cantidad de información. Las bacterias, por otro lado, son seres tan primitivos y sencillos que el acomodo de su información genética en paquetes cromosómicos sería más un problema que una ventaja. Su material genético simplemente flota a lo largo y ancho de la única célula que los conforma como organismos individuales, lista para dividirse o hacer tantas copias desee.

De ahí en fuera, cualquier organismo más complejo que una bacteria tiene, al menos, un cromosoma. Y tal pareciera que mientras más sencillo es un organismo, menos cromosomas presenta (y viceversa). Esto parece tener cierta lógica: se requiere de una cantidad mayor de información para crear un organismo complejo que para uno simple. Y los datos parecieran respaldar esta idea. Los insectos, por ejemplo, tienen una cantidad relativamente pequeña de cromosomas: los mosquitos tienen 6, las moscas de la fruta tienen 8 y las abejas 16. Incluso hay hormigas guerreras de ciertas especies que tienen un solo cromosoma. En cuanto a nuestros alimentos, la cebada tiene 14, la alfalfa 16, la calabaza y la col 18, el arroz 24, y el frijol 22. Nosotros, como el ‘máximo milagro de la naturaleza’ poseemos las orgullosa cantidad de 46 cromosomas. Tenemos incluso más que algunos de los animales más grandes, como las ballenas y los cachalotes (44).

Si nos apegamos a nuestra premisa, el humano, al tener mayor cantidad de cromosomas que muchos organismos, significaría que es, por definición, más complejo que ellos, justificando de esta forma su autoproclamado título de ser máximo de la creación. Salvo por un pequeño detalle… hay organismos aparentemente más simples, y con un número mucho mayor de cromosomas que él.

Un alga marina cualquiera, como las que se forman en los lugares muy húmedos, puede tener hasta 100 cromosomas más que nosotros. El cangrejo rey tiene 208; casi 4 y media veces los que nosotros tenemos. Las colas de caballo, plantas bastantes modestas, tienen 219, mientras que los helechos, plantas más primitivas que cualquier pasto o planta con flor, pueden tener más de mil (el Ophioglussum recitulatum cuenta con 1260 cromosomas). De pronto, empieza a tambalearse nuestra confianza en nuestra superioridad. El protozoo Aulacantha, organismo apenas más complejo que una bacteria en comparación con cualquiera de los organismos arriba enumerados, presenta 800 pares de cromosomas (33.3 veces más que el ser humano). Incluso una ameba, a pesar de tener solo de 6 a 13 cromosomas, cuenta con un mapa genético entero conformado por 600,000 millones de pares de bases de ADN, mientras que el nuestro cuenta solo con 3.000 millones (es decir, 200 veces menos).

Así, nos damos cuenta de que la naturaleza necesita mucha más información para crear un alga, un helecho o una ameba que para hacer un ser humano. Así que, si eres un amante de la humanidad en busca de las glorias perdidas de tu especie como el máximo soberano y único dueño de la Tierra, no esperes mucho apoyo de parte de la genética.