El niño y la galleta de chocolate. Una historia de la voz.

Antonio tiene dos años. Es un niño feliz a quien le encanta jugar y… las galletas de chocolate. Pero un día ocurre algo que va a cambiar su vida para siempre…

No es una película, es la historia de muchos de nosotros y nuestra relación con la voz.

Hace un par de años, cuando Antonio nació, lo primero que hizo al salir de ese ambiente calientito y feliz que era el útero materno, y entrar de cabeza en este mundo revuelto y frío, fue tomar una gran bocanada de aire, y, ante el brusco cambio de ambiente (aunado a la nalgada que tal vez le propinó alguna de las enfermeras), lanzó una gran exclamación, un sonoro “¡BUAAAAAAAAAH!” (de una frecuencia de 375 Hz aproximadamente) que llenó la habitación con una voz fantastica, tremenda para ese cuerpecito de apenas 3.3 kg y 50cm.

¿Cómo lo hizo? Ustedes sabrán ya cómo se genera el sonido, ¿verdad? Un cuerpo en vibración que genera ondas sonoras. En este caso, nuestras cuerdas vocales (NO “bucales”, por favor), vibran como efecto del flujo del aire que viene de nuestros pulmones por efecto del movimiento del diafragma y la acción de los músculos torácicos (a lo que denominamos “columna de aire) y pasa a través de nuestra laringe al espirar (que no es lo mismo que expirar, por cierto). “¡Ah! ¡Es que el bebé toma mucho aire!”, dirá alguno, pero no perdamos de vista su pequeño tamaño, que no podría contener los 5 L de aire que constituyen la capacidad pulmonar de un adulto. “¡Saca el aire con mucha fuerza!”, dirán otros. Pero los recién nacidos normalmente no destacan por su tremenda fuerza. Entonces, ¿cómo lo hace? Porque ahora Antonio tiene un mes y podría pasar llorando mucho rato sin lastimar su garganta. Eso sí, cuando llora, su pancita sube y baja con libertad (fíjense si tienen un bebé cerca. También funciona con los ladridos de Solovino). No es que tenga una reserva secreta de aire, es que, en caso de requerirlo, puede usar sus pulmones a su máxima capacidad, y, de esa manera, lograr una buena y bonita columna de aire, de la cual hará uso muchas, muchas veces en los próximos meses. Además, en su cuerpo aún no hay tensiones innecesarias que afecten su voz. Cuando tenga frío, hambre, sed, se haya hecho del baño, despierte solo o le duela la pancita, sus papás, y otras personas que lo rodean, conocerán muy bien el poder de su llanto.

Pero algunos meses pasarán. Dos años quizá. Antonio ya aprendió a regular su columna de aire y a modelarla en su boca para formar sonidos que obedecen a un código: ha desarrollado el habla y sostiene interesantes conversaciones con las personas que lo rodean acerca de lo que le gusta, lo que va descubriendo del mundo… ¡Ah! Y una de sus aficiones más marcadas son las galletas de chocolate.

Pues ahí tienen que un día, estando Antonio en su habitación, llega por el aire un deliciosísimo aroma a galletas de chocolate. ¡Ooooh! Antonio brinca al percibirlo y concentra toda esa emoción en un alegre grito, una explosión vocal en la que deposita toda su emoción. Sale corriendo a la cocina, que es donde están la Mamá y esas ricas galletas esperando ser comidas. Entra como un bólido, su hermosa voz de dos años quiere decir muchas cosas, lo contento que está, su felicidad y…

¡ANTONIO! ¡EN LA COCINA NO SE GRITA! Se me va a su cuarto y cuando se haya tranquilizado, viene y me habla como la gente decente— Exclama una Mamá, a quien el cansancio del día le hacen estar molesta por el “ruido” que provocó su hijito.

Para Antonio éste es un duro golpe. No entiende muy bien qué pasó, él estaba tan feliz y de pronto, ¡chas! Ahora la Mamá está enojada y él se regresa a su cuarto, triste y confundido.

Una semana después el aire vuelve a llenarse de ese delicioso aroma (es que la Mamá había comprado demasiada cocoa), y Antonio vuelve a sentir ese impulso feliz que lo llena y lo lleva a querer gritar y saltar otra vez. Pero también es un niño muy inteligente. Recuerda lo sucedido la primera vez y guarda toda su emoción para bajar muy tranquilito las escaleras (“¡Sin correr, Antonio!”) y entrar a la cocina “en orden”, para decir, muy educado:

—Mami, ¿me podrías dar por favor una galletita de chocolate?

—¡Ay, qué niño más lindo!

La Mamá lo abraza, lo llena de besos y le da no una, sino dos galletotas de chocolate. Antonio se las come enseguida (pero masticando con la boca cerrada); están buenísimas. Y regresa a jugar.

Pero, ¿a dónde se fue todo el impulso, qué le pasó al gritote feliz que llenaba su cuerpecito? ¿Acaso desapareció? Tal vez también se debería enunciar una “Ley de Conservación de las Emociones”, jaja, porque en este caso, como en otros muchos, guardársela se convirtió en… tensión.

Querido lector, lectora, te invito en este momento a descubrir alguna tensión escondida en tu propio cuerpo. Para mí, después de semanas de poco descanso y mucho trabajo, están muy acumuladas en mis hombros y cuello (auch). Cada quien, según su temperamento y medio en el que se desenvuelve, las guarda en distintos lugares. La mandíbula (con todo el poder del músculo macetero), el abdomen, los dedos de los pies, los glúteos… en fin, se manifiesta de distintas maneras. Pero una excesiva tensión, además de provocar dolores y padecimientos, arruina también nuestra bella voz. Verán por qué.

Al comenzar el trabajo vocal, se hace una clara diferenciación entre el estado de relajación y el de abandono, que son muy distintos. Después de todo, éste último no nos permite estar listos para cualquier cosa, lo que el de relajación sí. Además, nos permite vibrar libremente. Sí, y no me refiero a ningún concepto zen, sino a uno físico, tal cual.

Emite una “m” alargada, un “mmmmmmmmmmm” (si hay mucha gente a tu alrededor y preguntan, diles que lo hagan contigo). Lleva tu mano a la parte frontal de tu cuello. ¿Percibes la vibración? ¿Dónde más está? ¿Los labios? (¡Podrían hasta cosquillear!) ¿Alrededor de la nariz? ¿En la frente? ¿La parte de atrás de tu cabeza?¿La espalda? ¿El pecho?

Todas estas estructuras forman parte del Sistema Resonancial, conjunto de estructuras que forman parte de nuestro Aparato Fonoarticulador. Al vibrar nuestras cuerdas vocales al paso de la columna de aire, se produce un fenómeno llamado resonancia, en el cual nuestras cavidades vibran cuando el tono fundamental llega a ellas y rebota en sus paredes, enriqueciéndose con frecuencias armónicas , ampliando el sonido y constituyendo el timbre de nuestra voz. Entre las principales se cuentan la cavidad oral, faringe, laringe, nariz y los senos paranasales. Éstas se refuerzan con el tórax, el cráneo, el abdomen y la pelvis, y algunos (como los maestros de Linklater, quienes aseguran que a la voz le encanta viajar), dicen que una voz verdaderamente libre logra hacer vibrar al sistema óseo completo.

¿Qué pasa entonces con nuestra voz a veces? Que se oye apagada y ya no es tan amplia como cuando éramos bebés… Pues que no dejamos que viaje libremente. No puede rebotar libremente en nuestras cavidades de resonancia. Sucede un poco como cuando estamos enfermos de las vías respiratorias y nuestras narices están llenas de secreciones (¡mocos!). Nuestra voz suena gangosa y apagada. Pero no siempre estamos enfermos (y si sí, ¿qué hacen acá? ¡Deberían estar en este momento en el consultorio!), y aún así, a veces nuestra voz no tiene toda la potencia que podría tener…

¿Recuerdan lo de las tensiones? El grito de alegría que la Mamá prohibió, el susto que nos llevamos cuando aquel automovilista se pasó el alto y casi nos atropella, las lágrimas que nos aguantamos porque “hay que ser fuertes” (¡bah!), etcétera, etcétera, etcétera… Pues que no lo liberamos, y así, todo se tradujo en tensiones innecesarias distribuidas a lo largo y ancho de nuestros cuerpos y que ahora no permiten esa libre vibración de las ondas sonoras que produce nuestro aparato fonoarticulador; son tensiones que, si no resolvemos a tiempo, pueden incluso llegar a provocar lesiones (¡de muchas índoles!), además de privarnos de la hermosa resonancia de nuestras voces.

Por supuesto que en esto, además de la física, intervienen muchos otros factores: psicológicos, culturales, fisiológicos, etcétera. Así de compleja es la naturaleza humana. Por fortuna hay también varias opciones para dejar ir esas tensiones innecesarias. Desde el típico y tantas veces subestimado tiempo para nosotros mismos y lo que nos gusta hacer de verdad, hasta el yoga, tai chi, meditación y otras disciplinas enfocadas a lograr el equilibrio mente-cuerpo. Ya de forma más especializada, Técnicas como la Alexander, Roy Hart o Linklater, enfocadas al uso de los profesionales de la voz (actores, cantantes, merolicos y niños berrinchudos, sobre todo).

¿Vieron “El Discurso del Rey”? Pues algo así. 😉

Y bueno, me despido. Si quieren más información sobre técnicas vocales, por favor visiten el Centro de Estudios para el Uso de la Voz , y si quieren enterarse de manifestaciones artísticas de la voz (y de otro tipo también) hechas en México, visiten Fusión14.com.

Soy Yanil Ruiz. Actriz de formación y gestora cultural por necesidad y pasión. Mi gusto por la ciencia me llevó a (casi) estudiar matemáticas, pero fue más mi amor por el teatro. Conocí la música de niña, y, a pesar de mi divorcio con el piano, sigo cautivada por el canto, el cual me gusta enormemente compartir.

Creo firmemente en el libre acceso a la cultura (que no gratuito) y en los conocimientos compartidos. Y también que las acciones ciudadanas organizadas son el único camino en este momento de la vida nacional. 🙂 Mi hermano es físico y gracias a él es que puedo compartir estas líneas con ustedes.

¡Hasta la próxima! ¡Nos vemos en el teatro!

Yanil

Fuentes de consulta:

Ocampo Guzmán, Antonio, La libertad de la voz natural. El método Linklater, Universidad Nacional Autónoma de méxico, México, 2010.

Hernández López, Xochiquetzal, “Anatomía y fisiología del aparato fonoarticulador”, en Voz para la escena. Entrenamiento y conceptos fundamentales,  Fidel Monroy Bautista y Alejandra Marín Aguilar. Escenología, CEUVOZ, México, 2011. Páginas 235-246.

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2 comentarios el “El niño y la galleta de chocolate. Una historia de la voz.

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