Me encanta atraparme en momentos cuando imagino con la física

Nuestra entrada invitada de hoy está hecha por Jorge “Lalito” Ramírez:

Hola, lectores del Imperio. El siguiente escrito está hecho por mí, Jorge Ramírez, estudiante de física y miembro permanente del club de admiradores de la naturaleza. Lo que leerán a continuación es un nido de ideas que surge al atraparme en momentos cuando me inmiscuyo en la física de algunos acontecimientos.

Me encanta atraparme en momentos cuando imagino con la física.

1. Me encanta sumergirme en el agua.
Sólo un poco y poder apreciar la maravilla de la reflexión total interna.

Poder ver la superficie del agua como un delgado espejo infinito, que refleja la vastedad de las profundidades. Luz que cede ante el ángulo crítico y es atrapada. Interminablemente reflejada hacia otro mundo.

2. Me encanta ver y escuchar relámpagos.
Ver ese parpadeo lumínico del cielo e imaginar cómo las moléculas de aire se calientan a tan altas temperaturas en tan poco tiempo.
Siento que puedo tocar el plasma que se crea, y cómo las otras moléculas se descontrolan y se crean ondas de choque, que son dejadas atrás por las ondas electromagnéticas que ya llegaron a mis ojos, cuando mis oídos esperan el lento zumbido del aire que va retumbando desde cientos de kilómetros hasta poder llegar a mí.

3. Me encanta voltear hacia la estampa de la noche.
Y ver esos blancos puntos que se tragan la oscuridad que hace mis pupilas trabajar. Contrastar nuestra visión de esa calcomanía con la cruda y caliente realidad; viajar por un momento millones de kilómetros para visualizar la violencia de los blancos puntos, que ahora son gigantes estrellas a intolerables temperaturas. Puedo estar oyendo cómo los núcleos chocan violentamente, fusionándose para crear elementos más pesados, y cómo el plasma podría consumir cualquier cosa instantáneamente. Ahora mis pupilas se contraen ante la obscena cantidad de fotones desordenados que inevitablemente expiden los (des)excitados átomos. Y regreso. Regreso a la tranquilidad de puntos blancos en el cielo, luz que ha tardado tanto tiempo y ha viajado por tanta tempestad para llenar mis pupilas de ingratitud. Y juntamos aquellas luminosas presencias en constelaciones, imaginamos su mutua compañía y les creamos una historia, cuando en realidad las separa una distancia comparable a la que nos separa a ellas, a la que nos separa a nosotros. Por un momento siento una atracción hacia ellas. No. No me perturban las ondas gravitacionales. Sólo soy otro chico que imagina fusionarse con la maravillosa manera con la que funciona la eternidad.

– Oh, mira, ahí está Orión…
¡y Canis mayor!… mira, ¡es Géminis!
Wow, Tauro se ve increíblemente grande…
y ahí está escorpión; y ahí canis menor
¡por el otro lado está la osa mayor!
allá, ¡es Aries!, y ahí está Libra…

e inescapablemente me encuentro. Aquí.

4. ¿Qué es la tranquilidad?
Estoy sobre el suelo, mirando cómo lentamente las nubes se comunican su tristeza de agua y crecen, me miran quieto allí, mientras mis pensamientos giran y giran. Y giran.
Estamos en un constante movimiento cuasicircular: alrededor de nosotros, del Sol, de la Galaxia y de nuestras mentes. Creemos saber qué es el reposo mientras vamos a más de 900.000 km/h alrededor de la galaxia, y buscamos estar serenamente estáticos. El universo naturalmente nos mueve, nos llama mientras nosotros tenemos familias, ciudades, civilizaciones, templos, cultivos, grupos, sociedades; buscamos ser en un solo lugar.
Sigo en el césped. Quieto. A miles de kilómetros por hora.
Y me regreso a las nubes. Me regreso un poco más. Ahora imagino cómo mis células interactúan con el exterior; cómo mis neuronas me gritan que hay allá un afuera: una cornucopia de viajeras sensaciones. Tengo una temperatura, mis moléculas están excitadas y vibran tan rápido que mi cerebro ni se inmuta, ni le importa. Desde allá arriba soy constantemente bombardeado por protones ultraenergéticos que me atraviesan violentamente a cada segundo. Y sólo se escucha el silencio. Su silencio. Ahora siento el calor de todos los fotones que absorbo, cuando unos momentos antes apenas salían despedidos del Sol a la grosera rapidez de la luz.

Todo va tan rápidamente que es imposible saber con certeza dónde me encuentro.

Hay un flujo constante de cochinero entre mi ser y el exterior, y sin embargo puedo ver que soy finito, estoy rodeado por más infinito alrededor de mí, encerrado en un espacio. O así es como me dejo ver. La verdad es que sólo somos combinación de partículas elementales vibrando a distintas frecuencias. La naturaleza no se rinde, nos hace vivir: vibramos, latimos, pensamos, sentimos. Y todo pasa rápidamente.

Así que, ¿qué tan deseable es estar ‘inmóvil’? La realidad nos llama a desafiar nuestra propia estructura limitada que no nos permite llegar más allá de nuestras cabezas, mientras nosotros buscamos marcos de referencia para ser quietos…


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